Si eres libre, ése es el precio que tienes que pagar: la soledad

NO MÁS NAVIDAD

 

NO MÁS NAVIDAD

 

 

Nunca me gustó la Navidad ni el Año Nuevo ni el Día del Padre ni el Día de la Madre…. Me uno a toda esa gente que piensa que celebrar algo tan reglado es un rollo, una imposición, una tontería y muchas cosas más.

En especial no me gusta la Navidad que puede ser porque en mi infancia no la tuve “al uso”. Cuando me casé y tuve hijos, reunirse con la familia política era un puñetazo en el estómago, no por mí que me adapto más o menos a las circunstancias pero el “ínclito” era llegar a Santander con toda su más que tradicional familia biológica (eran muuuuchos) y al tercer día ya estaba armando la bronca, especialmente con la familia política. Así que yo, y me imagino que el resto de gente, desde el primer día estaba con el corazón en un puño esperando la tempestad que ya nos amargaba a todos el resto de las fiestas. No había manera, era muy pendenciero familiarmente hablando.

Luego cuando me separé fue estupendo: cogía a los niños, un avión y ea¡, a pasar las Navidades y Año Nuevo cuanto más lejos, mejor cuanto más calor, estupendo. Y fueron unos años preciosos de los que tengo recuerdos imborrables.

Pasa el tiempo, los niños se casan o emparejan, ya tienen su propia familia política y no era posible irse con todos fuera del país, así que me acomodé a celebrar los principales días en mi casa o en la de otros, y la verdad es que no estaba tan mal. Es más, estaba muy bien.

Pero las cosas empezaron a torcerse el año pasado en que los días navideños fueron un poco extraños, los meses que siguieron también, hasta desembocar en una de las Navidades más solitarias de mi vida. Que no ha sido mala porque he tenido a S. a mi lado y he hecho lo que quería hacer: nada de celebraciones sentada a  la típica y abarrotada mesa, pero me he sentido bastante triste.

 

 

No me afecta la sincera o disimulada alegría de la gente por las calles o en la televisión, ni me la creo ni me la dejo de creer, allá cada uno. Me ha afectado el echar la mirada atrás y preguntarme muchas cosas que, aunque me lo tengo terminantemente prohibido, no lo he podido evitar.

Mirar al pasado, las más de las veces, es una enorme estupidez sobre todo para las personas que, como yo, no hemos llevado una vida precisamente convencional, ni lo hemos sido. Porque el hecho mismo de no serlo (convencional) conlleva las más de las veces un elevado coste que si bien al principio se asume alegremente, en otras ocasiones pesa. Y esta ha sido una de ellas. Pero por una vez he hecho lo que probablemente tendría que haber hecho hace mucho: ajustar cuentas. Pero no con los demás, sino contra mí misma.

Mi tristeza ya se ha evaporado, sólo es cuestión de tiempo y de sentido común, pero me ha dejado un poso que de ninguna manera pienso consentir. Mi vida diaria y personal es hoy lo suficientemente buena como para permitir que fantasmas del pasado o los posibles errores cometidos de forma inconsciente me la amarguen u oscurezcan. Así pues renuevo mi propósito de vivir sólo el día a día, disfrutando de todo lo bueno que tengo, que es mucho, de las personas que me rodean y me quieren, incluidas las de cuatro patas, e incluso disfrutar de mí misma, de lo bueno y malo que tengo que no es más ni menos  en lo que el tiempo me ha convertido.

Y así vuelvo a la frase que da título a este post: no más Navidad. Por estas fechas y en el 2015 me encontraréis debajo de una palmera en cualquier playa del Caribe: allí os espero a todos los que queráis venir.

 

 

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