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Allá a finales del año 2007 leí la novela Tenemos que hablar de Kevin, novela escrita por Lionel Shriver y que fue ganadora del Orange Prize en 2005 (http://www.libros-literatura.com/inicio/literatura-anglosajona/tenemos-que-hablar-de-kevin).
La novela me impresionó de tal forma que la releí poco después y la he recomendado y prestado a todo aquel que ha querido.
Ahora la novela se ha convertido en una película del mismo nombre dirigida por la cineasta británica Lynne Ramsay y protagonizada por John C. Reilly, Ezra Miller y Tilda Swinton y ha sido premiada en diversos festivales .
La película, como la novela, se sale de lo convencional y trata de un tema actual y fuerte, de una manera inteligente, mordaz y valiente así como tiene varias lecturas … ¿la violencia genera violencia?, ¿existen seres humanos agresivos por naturaleza o las condiciones lo van creando así?.
La novela, para quienes no la hayan leído narra el descenso a los infiernos de una madre, Eva, (Tilda Swinton ) que que ve cómo su vida se va al garete en cuanto nace su primer hijo, un verdadero psicópata desde la cuna. La pregunta que plantea el filme es tan sencilla e inquietante como ¿Cómo reaccionarías si tu hijo fuera un psicópata?
Kevin (Ezra Miller), no es un hijo muy deseado, es un hijo cuya llegada complica la existencia de la madre a la que muestra un rechazo casi instintivo desde que nace: es el típico bebé difícil, que tortura con sus llantos, que no quiere comer, que se convertirá en el terror de las niñeras y, finalmente en un adolescente terrible.
El amor a un hijo, pese a los tópicos en torno a la maternidad, en ocasiones es algo que no ocurre con su mero nacimiento. Pero este “aprender a amar” que se da de manera natural quizás pueda ser desvíado por circunstancias como el talante arisco, por naturaleza, por genética, del hijo.

Eva intenta querer a Kevin y ayudarle pero no lo consigue, quizás porque el amor no es algo que sea accesible para todos y menos cuando se tiene a un hijo como este. Pero, por otra parte, ¿qué puede haber más significativo, más determinante en una persona que la falta de amor de su madre. Y aquí vendría otra lectura de la novela/película ¿es Kevin así porque siempre se sintió un hijo no demasiado querido?.
La sociedad “exige” a los padres y madres que quieran a sus hijos si no quieren ser vistos como desalmados, pero ¿es esto siempre posible?. Sabemos que no cuando leemos en la prensa o vemos en la tele padres que maltratan física y psicológimante a sus hijos, que no los atienden adecuadamente o los abandonan, etc., pero en este caso la protagonista SI quiere querer a su hijo pero lo intenta de forma equivocada: al aceptar las manipulaciones de Kevin, para no enfrentarse a Franklin, su marido (John C. Reilly) (que se empeña en hacerse el coleguita con un hijo al que llama "buddy" y al que trata como si fuera un crío cuando es un verdadero monstruo) y a la realidad de no poder controlar a su hijo, de no poder experimentar ese amor, por lo cual su vida con Kevin, y con los otros miembros de la familia, se convierte en un verdadero infierno.

Desde el principio del filme se muestran dos cosas, que el niño ya de pequeño tenía tendencias que reclamaban una atención especializada y que la familia presentaba disfuncionalidades cubiertas de aparente normalidad. El padre era una figura casi ausente y ajena a la vida cotidiana de sus hijos y la madre infeliz por su nuevo papel de ama de casa a pesar de sus esfuerzos. Tal vez la falta de cariño y una predisposición natural sean la respuesta, tal vez no, pero el filme hace un extraordinario ejercicio al mostrar el viaje introspectivo de esta madre buscando las razones a lo largo de la infancia de su hijo mientras se encuentra hundida en su propia vida.
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