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Miércoles

Miércoles, 6 DE ENERO DE 2010

Miércoles, 6 DE ENERO DE 2010



El   mes de diciembre de 2009 no se presentaba mal: la Lola, 4 meses, apareció en casa casi por arte de magia. Es una cocker preciosa, juguetona, obediente, zalamera y guapísima; iba a tener vacaciones y nos reuníamos casi toda la familia para pasar unos días juntos pero a estas alturas, véase el título, tengo que decir que por fin se han acabado las “felices fiestas”, especialmente para mí que siempre acababan  antes porque a casa venía Papá Noel y no los Reyes Magos pero que hay amigos que no renuncian a este fin de fiesta monárquico y que hay que respetar y hacer alguna visita y comer roscón.

 

 

Los más jóvenes de la familia: Bruno (1 año), Olivia (4) y María y Paula (3 meses).

 

Mañana toca trabajar y mentiría si dijera que no tengo ganas. Al final el susodicho diciembre sido espantoso. Ha tenido de bueno que nos hemos reunido la familia a cenar, comer, etc., que todos están bastante bien, teniendo en cuenta la crisis que nos azota y que no hemos engordado. Esto último a título de chiste porque hay que reirse un poco, digo yo.

Lo malo, para mi, en ese mes ha sido la muerte, en una semana, de una amiga y compañera de trabajo que me ha sumido en lo más negro, por el hecho en sí y por lo rápido del desenlace que nadie se esperaba y que a todos los que la conocíamos nos ha dejado hechos trizas. No estoy acostumbrada a estas cosas, por suerte o por desgracia, y la situación me ha golpeado y dejado kao, a ver si va a tener razón una antigua conocida, pesimista ella y a la que todos huíamos, que siempre decía que hay que tener muchas desgracias en la vida para ir acostumbrándose poco a poco a ellas.

La muerte imprevista y rápida de alguien cercano, querido y, en este caso joven, porque lo era, de 62 años, sume a uno en un desconcierto enorme y a repetirse, no hay derecho. A pesar de todas las malas noticias que leemos y vemos todos los días en los medios, lo cercano abruma y desconsuela. Me doy cuenta de que la muerte acecha, que es irremediable, que podemos desaparecer en un momento, que no sirve de nada hacer planes de futuro porque lo que hay es el pasado y el presente y que no hay mayor tragedia que alguien se vaya sin haberle dicho todo lo que le queríamos. Esto lo vi en los ojos de María, una de las hijas de mi amiga y compañera cuando me decía: “… no se si mi madre sabía todo lo que la queriamos”. Tremendo. Aunque en este caso sí que pude decirle que su madre lo sabía: que me decía muchas veces qué hijos más buenos tenía, que siempre estaban pendiente de ella  y que de puro cariñosos eran hasta “pesaos”.

En fin. Mañana volveré al trabajo.