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Estoy cansada, cansada, cansada. Muchísimo trabajo en el curro y otro tanto en una casa grande y tres perros. Y encima Voica, mi asistenta rumana de hace un montón de años, ha estado un mes en su tierra dejándonos más tiradas que un trapo. La pobre, es que tenía a su padre muy mayor y muy malito.
Pero más que cansada físicamente, que sí, lo estoy mentalmente. Aunque no lo pueda parecer, y menos en el internete, soy de lo más introvertido lo que quiere decir que yo me lo guiso, yo me lo como, y luego me dan los bajones más bajos del mundo y es que tengo muchos frentes abiertos.
En el curro, donde estoy ahora hace algo menos de un año, mejor que antes: no me gusta nada lo que hago, pero tengo unos compis estupendos, gano menos, pero dispongo de más tiempo libre y no estoy tan “comprometida”, porque desgraciadamente he aprendido (a la vejez viruelas) que, después de todo, ni agradecido ni pagado. Pero me da igual y cada vez que recuerdo el último sitio donde he estado me dan escalofríos, sobre todo por la gente que, con la excusa de que como dicen que necesitan el dinero, si pueden te la hacen y te deshacen. Y vive el cielo que lo hicieron pero, después de un tiempo de tristeza y desengaños, estoy más contenta que unas pascuas. Además en mi ya larga vida he podido comprobar que quién me la hace, normalmente la acaba pagando de alguna forma, así que en eso estoy muy tranquila. Ni olvido, ni perdono.
Las empresas con las que hablo ahora (normalmente por teléfono y alguna que otra visita), se deshacen dándome las gracias ¡por lo que es mi deber hacer!, y eso y otras cosas, me está haciendo recuperar la confianza en mí misma que casi había perdido en mi último lugar de trabajo por el acoso laboral o mobbing al que me vi sometida. Que les den. En esto soy más que mala, malísima.

Peregrinos o “romeros” haciendo el camino
Esto viene a cuento porque, excluido el trabajo, tengo varios frentes familiares y personales abiertos y estoy ya un poco cansada de “peliar”, como diría mi querida Chavela Vargas, así que S. y yo salimos el sábado bien tempranito para El Rocío, donde pasaremos casi toda la Semana Santa. Servidora, optimista ?¿ por naturaleza, ya tiene el bikini y la toalla en la maleta, un montón de libros y muchas muchas ganas de ver a mi gente de El Rocío. De este sitio ya habré hablado cienes y cienes de veces pero me da igual repetirme otra vez: es mi lugar en el mundo, donde descanso, me divierto, y me olvido de todo. Es como un agujero negro, pero para bien.
La otra parte del cuento es que necesito un poco de espiritualidad. Para mucha gente esto de la espiritualidad le sonará a cuento chino pero para mi, que nunca he sido católica prácticante, se ha convertido en una necesidad. Diría, exagerando, que necesito de esa espiritualidad de vez en cuando para sobrevivir. Espiritual me considero, pero también necesito de esa que sólo se encuentra en los sitios religiosos y aquí ya aviso que supongo que me daría igual cualquier clase de religión. Lo único es que he nacido en un país católico, fui bautizada a su debido tiempo, fui a un colegio de monjas, etc., etc., y así me emociono siempre que veo las caras de la gente que está en la Ermita visitando a la Virgen del Rocío.

Interior de la Ermita de El Rocío
Esto daría para todo un tratado sociológico: ves a madres y padres con un bebé de días de vida, en brazos, sonriendo con felicidad a la imagen presentándoles al bebé. Ves a algún discapacitado con cara de estar pidiendo un poco de compasión. Ves a gente de luto y llorosa mirando fijamente a la Virgen supongo que trasmitiéndole algún mensaje para algún ser querido que se ha ido de forma definitiva. Ves también a gente muy alegre y con cara de decir ¡EA, QUILLA, que ya he venido otra vez a verte¡. De momento suena una guitarra y una voz cantando, se hace un silencio total y los pelos, os lo aseguro, se ponen de punta.
Conoces gente con tragedias tremendas y que encuentran consuelo sentándose un ratillo en uno de los bancos. Ves a guiris que en vez de hacerle una foto a la Virgen se la hacen a los peregrinos o romeros que vienen de no se sabe dónde, sucios, sudorosos, llenos de polvo, con la rama de romero, enganchada al bastón que ayuda a andar por las arenas, y que se arrodillan con lágrimas en los ojos ante el altar.
Y así estaría un rato más, pero sólo quiero reflexionar sobre la necesidad en este mundo tan material, de creer, confiar o dejarse llevar por los sentimientos ante algo que sólo es cuestión de fé, independientemente de la religión que sustente esa fé. |