Si eres libre, ése es el precio que tienes que pagar: la soledad

La alegría de los vivos

 

 ¡Qué alegría ser así dos historias en un cuento!

(Jorge Guillén)

 

 

La vida me sorprende cada día más. Hablando el otro día con una antigua jefa y ahora amiga, nos reíamos de nuestros respectivos 15, 16, 17, 20 años...  en los que arrogantemente coincidíamos en pensar que el mundo estaba a nuestros piés, que sabíamos más que nadie y como consecuencia puede decirse que mirábamos a todo el mundo por encima del hombro o casi. Y esta prepotencia creo que nos las daba la situación en que vivíamos, salvando las distancias porque ella es lo menos 10 años más joven que yo. Pero ambas fuimos a colegios privados, a la  universidad, estudiamos lo que quisimos, éramos buenas estudiantes y no mal parecidas (modestia aparte) y encima no teníamos demasiado o ningún interés por los chicos (ella buscaba su príncipe azul en no se sabe donde y yo estaba ya casada), y nuestra indiferencia era curioso, y atractivo por qué no decirlo, para nuestros compis de universidad, tantos ellos como ellas, que supongo no tenían las cosas tan claras y se morían por tener pareja. Y sin embargo ahora a 30 ó 40 años vista nos ponemos coloradas al reconocer nuestra arrogancia y prepotencia juveniles, al tiempo que reconocemos con toda la humildad del mundo que nos queda muuuuuuucho que aprender y qué de sorpresas, sorpresas acerca de la vida y de la familia y de la gente que nos  vamos a estar llevando hasta que nos muramos.

Esta misma amiga, me comentaba lo sucedido a una amiga común que había enviudado recientemente, si por enviudar entendemos que su ex-marido, del que llevaba separada unos 30 años sin volver a verle ni tener trato con él en este tiempo, se había muerto y que alguno de los hijos de ambos, que no habían querido saber nada del padre desde que cumplieron la mayoría de edad, ahora estaban como tristes ("...era mi padre  después de todo...") y en cierto modo pensando que su madre había sido un obstáculo en la relación paterno filial. Mi amiga no daba crédito a la "infidelidad" de los hijos de su amiga que estaba triste y decepcionada (¡una vez más!) y no entendía esa pretendida tristeza y  añoranza porque estos hijos tuvieron tiempo de sobra para saber que su padre era un psicópata en toda regla, que no se preocupó nunca del bienestar de su prole, sólo, sin amigos, con el único trato de su escasa familia y que se pasó la vida pensando la mejor manera de vengarse de su ex-mujer sin importarle meter de por medio a sus hijos ni al lucero del alba.      

 

 

 

Mi amiga, que no dejaba ocasión para felicitarse a sí misma por no haber tenido hijos, acabó reconociendo que, al menos, veía a su amiga viva, tranquila, feliz y relajada sin temer ya una llamada de teléfono, un encuentro por la calle o una llamada de alguno de los múltiples abogados que contrataba su ex para perseguirla, durante, 25 años, sin ningún motivo, aparte de echarlo de su vida y no dejaba de comentarme lo de sorpresas... sorpresas te da la vida.

Y terminó con una frase que da que pensar: cómo me gusta la alegría de la gente que está viva.

 

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