Si eres libre, ése es el precio que tienes que pagar: la soledad

Nothing Else Matters

 


Me gustaría vivir eternamente, por lo menos para ver cómo en cien años las personas cometen los mismos errores que yo.

(Winston Churchill)

 

 

 

 

No sé a qué edad uno empieza a echar la vista atrás y hacer balance de lo vivido. En mi caso creo que esto empezó a partir de los 40 años. En esa época tenía ya unos hijos crecidos, una vida profesional consolidada, una soledad escogida y fue inevitable mirar atrás, aunque me preguntó  por qué, siendo tan “joven”, no mirara más hacia adelante. Creo que porque pocas veces  las circunstancias me han permitido mirar al futuro, sino más preocuparme por salir adelante en el presente.

Mirar hacia atrás tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Ves los aciertos, que haces que te sientas bien, pero también ves los errores que has cometido, las dificultades por las que has pasado hasta, en muchas ocasiones, pasarlo bastante mal.

Como todo el mundo, he cometido errores y aciertos, he sido buena y mala, intransigente y tolerante, feliz y desgraciada, optimista y pesimista, amiga y enemiga, orgullosa y humilde, me he sentido superior a algunos e inferior a muchos, he estado sola y acompañada y sola y mal acompañada, he sido solidaria y a veces he mirado a otro lado, he sido …, con el resumen de que habría tenido que hacer cosas diferentes a las que hice y no hacer cosas que hice, que no es lo mismo aunque lo parezca y que, aclaro, no es que me arrepienta de casi nada: lo hecho, hecho está y no sirve darle vueltas so pena de volverte loco.

 

 

De los errores... no quiero ni pensar. Siempre se hace algo mal, por juventud, por madurez, por inexperiencia, por no escuchar... y ahí están. Lo bueno sería aprender de ellos para no volver a cometerlos, pero es bien difícil. ¿No dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra?. Pues ahí se queda.

Lo que encuentro un denominador en todas las situaciones: insatisfacción, soledad e intolerancia. Creo que estas tres me han acompañado a lo largo de la vida. Siempre he querido ser mejor, para mí misma y por satisfacción propia: mejor persona, mejor madre, mejor amiga, mejor pareja, mejor compañera,  mejor profesional, mejor estudiante… y supongo que no lo he sido, porque no soy perfecta, que si lo fuera, sería la leche en botella antigua.

La soledad es inevitable aunque estemos rodeados de gente que nos quiere, pero no me pesa. Es una parcela que cultivo porque me gusta y necesito. Quizás no lo parezca pero mi carácter es fundamentalmente introvertido y, aunque me gusta la gente y mucho, necesito que algunos de mis pensamientos, de mis vivencias, de mis recuerdos, de mi vida, sean para mí sola.

 

 

 

La intolerancia de la que sufro es lo peor, a tenor de lo que me dice gente amiga y cercana. Tengo aversión extrema por aquellas personas que alguna vez me hicieron daño o intentaron hacerlo. No me interesa este tipo de personas y  no doy segundas oportunidades por lo que quién la hace, lo paga:  lo paga con mi olvido e indiferencia. No suelo guerrear, doy un portazo y adiós forever.

Este comportamiento, a mí misma, me produce rechazo y críticas por parte de personas queridas, pero no puedo evitarlo. Intento huir de todo tipo de toxicidad, que ya hay bastante en el aire y, aunque a veces esta huida me produce sangre, sudor y lágrimas, no puedo evitarlo. Así que, querida S., no soy tan mala como parezco y también tengo mi corazoncito y tengo quizás una explicación: siento que la única persona que no me ha fallado nunca ha sido yo misma.

Escribir un comentario

Código de seguridad
Refescar